Primero que nada hola, estando al último Lunes del año voy a
hacer mi ya clásico repaso anual, esta vez publicado, no como en anteriores
años donde solo redacté por el simple placer de hacer una catarsis personal y
sin intenciones de que alguna vez viera la luz, evitando así claras críticas
hacia ciertos pensamientos, actitudes o acciones que puedan generar controversialidad
entre la sarta de misóginos que puedan tener acceso a mi blog. Seguro se
preguntaran por qué este año esta especie de “reflexión” va a conocerles las
caras y, por ejemplo, la del año pasado no. La respuesta es simple: sus críticas
ahora me las paso por un escroto; francamente lo que puedan decir sobre mí
ahora me importa un bledo, y si tienen lo que hay que tener, los desafío a que
las hagan en mi cara. Eso sí, si tras sus acotaciones se retiran con un diente
menos o un ojo en compota jodanse, avisados ya están. Cabe destacar las
comillas en la palabra reflexión; este año reaccioné a que no todo lo que
reluce es oro, y no toda la mierda es mala a la larga. Siempre consideré que el
2013 había sido el peor año de mi vida, pero hace poco me di cuenta como ese
año generó un cambio en mi pensamiento, un mayor entendimiento de mi forma de
pensar, una actitud distinta a la tuve durante toda mi vida y hasta una mayor
autocrítica y admisión de mis errores, por eso hablar de “reflexión” es
equívoco, uno no puede analizar acontecimientos en caliente, hay cosas que solo
se ven a la larga y evaluarlas ahora sería un gran error de interpretación,
como con el año mencionado antes.
Afiladísimo, esa es la palabra para arrancar el 2016. En mis
primeros meses por fin pude poner en práctica la filosofía de ‘llevarse el
mundo por delante’, aunque ciertamente acotada por algunos prejuicios y
limitaciones que estaban fuera de mi alcance por cuestiones obvias que no
vienen al caso. Tras unas vacaciones donde, en palabras un amigo cercano “se me
desató la furia de la bestia rock” (algunas cosas de un pasado que creía había
perdido), y unos breves pero bien disfrutados días en Chascomús, llegó
Marzo, ese mes donde parece que hay 31 Lunes.
Llegue perdido mientras relevaba a un compañero del laburo que maneja
absolutamente todo lo que me re contra desconcentró de mi vida, admito que
trate mal a mucha gente por cosas que no se merecían o fui frontal con gente
que necesitaba que alguien les dijera las cosas como son, por ende, como nadie
le había dicho lo que yo sin filtro dije, me pelee con mi mejor amigo. Hoy las
cosas entre nosotros están relativamente bien, pero en su momento fue un golpe
duro de superar. Claramente arranqué con el pie izquierdo, sin ganas de nada,
sentí por primera vez en la vida el rigor de la rutina y eso me aplastó. La
furia se me había apagado con un balde de agua helada. El resultado fue obvio,
un paupérrimo rendimiento estudiantil y laboral que juré en Abril mejorar con tripa
y corazón, pero la vida siempre se esfuerza en ponerte palos en la rueda. A
mitad de mes, un día después del cumpleaños de mi hermana, perdí a mi abuelo,
el último que me quedaba. Si bien quienes me conocen no me vieron mal, hay algo
que aprendí en, por lo menos, los últimos diez años que es a no mostrar mi
juego, y mucho menos mi dolor y mi sufrimiento. Esa máscara de hierro que la
vida obligó a ponerme por motivos ya redactados en los seis años que llevo
escribiendo en esta página siempre estuvo presente y sin intenciones de irse, o
por lo menos así lo creía. El mes se terminó en una nebulosa de confusiones y
una procesión interna de una talla inconmensurable y sentenció mis próximos
meses estudiantiles y mi mediocridad laboral. Tras un luto externo rápido y un
luto interno mayor a un mes, logré reponerme, en gran medida por un fin de
semana específico, en el cual esa furia volvió, dispuesta a llevarse al mundo
por delante y salvándome de una posible catástrofe personal. Las acciones de
ese fin de semana siguen siendo de introspección personal y de ciertos sucesos
los cuales, quienes los presenciaron serán las únicas personas en el mundo que
lo sabrán y me lo llevaré a la tumba junto con muchas otras experiencias,
secretos y sucesos inimaginables aún para aquellos que me conocen relativamente
bien. Fue ese lunes, tras todo esto, donde yo me levanté con una actitud
completamente diferente, donde tomé conciencia que las limitaciones de los
primeros meses no eran tan concretas y que podía lograr lo que yo quisiera, y
ahí mi cabeza hizo un click. Salté de la cama pronunciando una frase textual de
la cual no me voy jamás “todos ustedes no están a mi altura. Si ustedes son
unos hijos de puta les voy a demostrar que yo puedo ser el peor de todos o el
mejor, según como lo veas, van a hacer cola para seguirla chupando (…)”. Mi ego
y narcisismo aumentaron exponencialmente por primera vez en años y me le planté
firme a todo y a todos, amigos, colegas o superiores de trabajo, familia,
compañeros y profesores. Claramente mi techo se había ido a las nubes y ese cumpleaños
recibí el mejor regalo de todos, un auto redescubrimiento de mi persona. Ya no había
límites bajo esas condiciones.
Conforme pasó el tiempo me afirmé con este pensamiento e
hice cosas que nadie se hubiera imaginado de mí. Toda mi tranquilidad, vergüenza
y timidez se habían ido a la mierda se intercambiaron por mucha seguridad en mí
mismo (incluso más de la socialmente aceptada) y una verborragia difícil de
creer para quienes recuerdan como era hace un año. Cuando pensé que se me venía
un año de descontrol amparado en un cambio casi salido de un cuento de ciencia
ficción, pasó algo que estaba fuera de cualquier plan, lógica y pensamiento
positivista que podía tener. Un buen día, en una de esas maratones bajo el frío
sol de Microcentro, recibí una solicitud de amistad de una chica, a quien yo no
recordaba (si, claramente mi memoria es bastante selectiva). La acepté sin
saber quién era, ni recordar que la conocía por la hermana de un amigo, con
quien en ese momento no tenía trato más que un hola y un chau. A las pocas
horas comenzamos a hablar. Dentro de mi cabeza se escuchaba una pregunta “¿Qué onda?”.
Cuando la conocí mis limitaciones con mujeres eran varias, obvias y (hoy pienso
que) tontas. “¿Por qué me habla?”, “¿Cómo me encontró?”, “Uy, es re linda” y
otras cosas que rebotaban en mi cabeza mientras volvía de Alpargatas en el 93,
con más frío que el que tiene el piojo López en el pecho. Unos días de hablar
me bastaron para conocerla relativamente bien, preguntarle si tenía novio y
decirle que me parecía muy linda. Por primera vez, me saque esa máscara de
hierro de la que hablé hace rato. Acá es donde de a poco se pudieron dar cuenta
del cambio los que me rodean, ya que, las otras acciones anteriores siempre
fueron “en secreto”, siempre fui una persona de hacer las cosas en silencio y
no contarlas a nadie, es mi vida y son mis experiencias, no tengo necesidad de
regodearme al contárselas a la gente. Poco tiempo después nos vimos solos por
primera vez, lejos de cualquier conocido. Todavía recuerdo que la fui a buscar
a la casa y que estaba bastante nervioso y charlamos mucho hasta que le di un
beso. En ese momento nunca pensé que las cosas iban a progresar, era algo más,
pero conforme pasó el tiempo me fui enamorando, al punto que llegué a llorar
por ella. Párrafo aparte, no lloraba por una chica desde hacía años, de hacho
no había llorado desde la final del Mundial de Brasil. A partir de un
determinado momento del año, solo quería “sobrevivir” a los días de
obligaciones para que llegue el fin de semana, y así tener una mínima esperanza
de verla, aunque con el tiempo me di cuenta que la palabra “no” la repetía
bastante cuando le decía de vernos. La relación que teníamos (no sabría cómo
catalogarla, solo éramos dos personas que se gustaban física y psicológicamente)
se fue enfriando y tras varias peleas e
idas y vueltas ella me pidió que no le hable más, ya que podía “traerle
problemas”. En ese momento me derrumbé, perdí las ganas de todo por varios días,
pero como siempre, no se notó, la máscara volvió. Si bien estuve muy triste me
recuperé, aún así no había terminado mi luto, y decidí por algunas semanas mas
no involucrarme con mujeres, aunque en un momento me di cuenta que me sobraban
las chances e incluso algunas me buscaban y yo aprovechaba que los cambios
nunca fueron del todo visibles, y también mi cara de boludo, la cual usé
siempre para hacerme el ídem… pero no todo lo que reluce es oro y no todas las
caras reflejan el intelecto, anotálo por las dudas, cabeza de Lumilagro. Cuando
empecé a superar volvió, y cometí un error, perdonar todo sin pensarlo. La
historia se volvió a repetir y otra vez se fue, esta vez mitad por actitudes mías,
claramente tomadas por las suyas. Esta vez fue diferente, no solo que no
derramé ni media lagrima, sino que seguí con mi vida, como si nada hubiera
pasado, como si solo se hubiera tratado de un mal trago repetido. No me mal
interpreten, nunca sentí algo así por una mujer y no creo que lo sienta por
otra en mucho tiempo. De cualquier modo sé que la vida es caprichosa, y que si
tiene que volver a aparecer en la mía la voy a recibir con los brazos abiertos,
pero no sin antes con variadas críticas y asuntos que hablaré en el momento que
deba hacerlo, si es que lo hay.
Así se termina el año, claramente lleno de cosas positivas y
negativas, de las cuales saco lo malo como lecciones a no repetir en un futuro y
lo bueno como herramientas para el progreso psíco personal. Tantos altibajos y
cambios de actitud me hicieron adaptable a todas las situaciones, y rescato mi
nueva filosofía de no pelearme con la gente y hacer las paces con quienes lo
estoy (en la mediad que sea posible, ya que hay cosas que no se pueden
perdonar), a menos que sea absolutamente necesario el conflicto personal, al
mismo tiempo que trato de decir las cosas sin anestesia. Al que le gusta bien,
al que no, que chupe limón, o, como dije la mañana de aquel lunes de Mayo, que
la sigan chupando. Saludos Sabella (?)